sábado, 23 de agosto de 2008

La iglesia relumbra por todas partes, pero los pobres tienen hambre. Los muros de la iglesia están cubiertos de oro; pero los hijos de la iglesia siguen desnudos. Por Dios, ya que no os avergonzáis de tanta estupidez, lamentad al menos el derroche. Así escribía BERNARDO DE CLARAVAL, abad cisterciense y renovador de la Orden, que volvió a la Regla de Benito de Nursia y aún más austera, si fuera posible. Seguir las Sagradas Escrituras y observar las consignas monacales de castidad, obediencia y sobre todo pobreza, para ser como el más pobre entre los pobres. Sucedía en el siglo XII. En el XXI unas admirables mujeres dedican sus vida a la oración y la meditación ,además de hacer ricas pastas y bonitos recuerdos decorados, lo que les permite vivir, aunque sea casi tan austeramente como le gustaba a San Bernardo. También acogen huéspedes que desean alejarse del mundanal ruido, como decía Fray Luis de León. Una labor muy necesaria en estos tiempos de estress y poco espíritu de sacrificio.

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