martes, 28 de agosto de 2012

Priscilla


Era una tarde sombría y nevada y las lámparas de gas estaban encendidas. Mientras paseaba por la plataforma en espera del expreso de Washington, recordó que había gente que pensaba que algún día pasaría bajo el Hudson un tunel por el que los trenes de la linea de Pennsylvania llegarían directamente a Nueva York. Pertenecían a la hermandad de visionarios que igualmente predecían la construcción de barcos capaces de cruzar el Atlántico en cinco días, la invención de la máquina voladora, la luz eléctrica, la telefonía sin hilos y otras maravillas de las Mil y una noches. La Edad de la inocencia de
EDITH WHARTON, nacida en Nueva York en 1862, excelente novelista que ironiza sobre las costumbres de la sociedad adinerada a la que pertenecía.
Esta novela se publicó en 1920 y ahora ya sabemos que las marvillas no eran de Las Mil y una noches, sino del bendito siglo pasado, el XX, que cambió nuestra forma de vivir más que durante los otros veinte anterior
Cuando ví a Priscilla, rápidamente la situé en New York, quizá una de las hermosas damas de los libros de Edith y pensé que quién le puso el nombre tuvo un gran acierto. Pero esta belleza, Lilac point, -dicen los entendidos- con ojos azul turquesa y sin pizca de estrabismo, vive en las frías tierras segovianas, en un pueblo chiquito, con hermosa torre de iglesia, que nada tiene que envidiar a la gran urbe pues le sobra aire puro, cesped y piedras autóctonos y sus habitantes saben divertirse con alegres festejos de Agosto. Dos mundos distintos, pero no excluyentes y Priscilla brillaría en ambos. 














No hay comentarios: