domingo, 11 de mayo de 2008

Hoy me levanté y al abrir la puerta me sentí como la superiora de un convento, no como la hermana portera, que podía haber sido, pero no, fue como la superiora de aquellos conventos que con torno o sin él, recibían bebés, no se sabe de donde ni de quién. A veces era de una mujer de alta cuna que su entorno de nobleza y oropel, no le permitía quedarse con aquel ser que alguien envolvía en lindos ropajes y con un pequeño talismán de oro, –por si en algún momento la criatura podía ser recuperada y vuelta al lugar que le correspondía- quedaba al amparo de aquellas mujeres. Admirables por su vida entregada a servir a un Dios de quien nadie certifica su existencia y a los demás, que somos por lo general desagradecidos. Otras veces el abandonado era fruto del amor prohibido entre una campesina, molinera, sirvienta, o cualquier tipo de trabajadora, hermosa, alegre y con ganas de comerse el mundo, pero la mayor o menor nobleza de su galán la habían llevado a tener que confiar en la buena fe de las monjitas, en este caso la envoltura era ordinaria, pero no por ello menos amado ni menos dolorosa la separación . Después las religiosas buscaban una casa donde acomodar a estos pequeños, donde fuesen queridos y apreciados. Menos mal que no he encontrado ningún bebé,-creo que hoy en día están muy cotizados-, sino un pequeñito felino bastante desamparado, que se ha arrimado a mí ronroneando, con carita de pena y que ahora busca a alguien que lo quiera y lo trate como se merece un precioso gatito como él. Me gustaría que se quedara , pero ya somos demasiados y es mejor para todos una casa donde lo cuiden.

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