lunes, 16 de noviembre de 2015

Bibliofilia

Me imagino a Isabel de Castilla, en los pocos ratos libres que sus ocupaciones de Estado le dejaban, leyendo con placer su Libro de Horas, que tengo entendido fue un regalo de boda de la ciudad de Zaragoza. Me gustaría poder hojearlo despacio y ver todas esas preciosas miniaturas de las que hablan. Preciosos dibujos bellamente coloreados y preciosas letras medievales con una caligrafía laboriosa y elegante que cuentan la historia sagrada, como decíamos antes. Como nos la enseñaba aquella maestra de pueblo, Dª Leonor, mujer sabia e incomprendida en el siglo XX, que no hubiese desentonado cinco siglos antes y no solo por su nombre. No sé si Isabel leía aquellos salmos o rezaba, pero me gusta pensar que se recreaba en los grabados, los apreciaba en todo su valor estético y disfrutaba  del arte único que fluía de los monasterios.
Y como no tengo ningún amanuense que me dedique sus letras y diseños, yo misma me confeccionaré un bonito Libro de Horas, laico, pero siempre ético y moral.

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